La Luz. Dios y la Belleza

La Luz

Tal como lo resalta el Génesis, ni bien inicia su obra, Dios crea la luz. Las primeras palabras que pronuncia el Señor en la Escritura son: «Hágase la luz». Y, luego, al terminar dice: «Y vio que estaba bien». Pero los especialistas dicen que esta frase también puede traducirse por: «Y vio que era bella». Y más adelante: «Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien» (o en otra traducción: «Y vio Dios que todo era muy bello»). La versión griega de los Setenta tradujo el término “t(o-)b” (‘bueno’) del texto hebreo por “kalón” (‘bello’).

Es el esplendor de la belleza que brota de las manos de Dios. Miremos con más detenimiento ese esplendor que se llama naturaleza. Dios crea colores, sonidos, agua, flores, las montañas, el sol, las estrellas… todo de forma gratuita.

La palabra que surge ante el espectáculo maravilloso de la naturaleza es la del asombro. ¡Cuánta belleza!, ¡y cuánta variedad de belleza!

Los colores de los climas cálidos no son los mismos que los de los climas fríos, y lo mismo sucede con los animales y las plantas: varían según el lugar donde viven. El sol ilumina y nos da calor. La lluvia riega la tierra. De ésta nacen las plantas, los árboles, la vegetación. Los animales corren en medio de la vegetación, alimentándose de ella, y el hombre, con su inteligencia y voluntad, domina y les pone nombre a todos ellos.

Y la belleza existe para la luz. Lo que es bello está iluminado.

Si algo es hermoso, pero está a oscuras, nadie podrá apreciarlo. Sin luz no se puede admirar la belleza. Por el contrario, cuando aquélla aparece, la belleza se muestra claramente.

Cuando amanece y el sol empieza a brillar es como si el mundo, que había estado escondido, despertara del letargo de las tinieblas y se mostrara en todo lo grandioso, lo magnífico de las obras de la creación. Las aves levantan vuelo, cantan; las flores aparecen otra vez con sus colores; los animales corren: todos los hijos de la luz despiertan con el sol. Porque lo bello existe para la luz. Por eso, Dios creó primero la luz, para mostrar las maravillas que creaba.

Además, la luz es el motor que hace brotar las semillas y llama a las hojas para que se levanten. Es la que estimula y pone en movimiento las glándulas y las hormonas que luego hace aparear a las plantas y los animales; la que hace que las plumas de las aves se coloreen, que las semillas crezcan, que los hielos se derritan y que nuestros ojos puedan ver los colores de las mariposas y del arco iris.

La noche es el tiempo de lo oscuro; es el momento en que circula lo feo, el humo que ensucia y mancha lo creado. Aunque la noche y el humo cumplen su misión en la creación ellas representan la parte oscura del tapiz de la vida.

Miramos una puesta de sol, contemplamos el vuelo de un pajarito, observamos el capullo de una flor, oímos el ruido del mar, el silencio de la montaña, los sonidos de un arroyo…

La naturaleza es bella, nos entra por los cinco sentidos, penetra hasta lo más íntimo de nuestro ser y nos despierta a la luz. E incluso también en la noche la luz nos despierta y a través del reflejo del sol en la luna nos da un poco de luminosidad.

Miremos a las estrellas, que guiaban a los antiguos peregrinos. Por el contrario, en el mundo de hoy nos guían las señales luminosas creadas por los hombres.

En la antigüedad el contacto con la madre naturaleza era de hermandad. Percibimos los vientos, su susurro. Los antiguos olían el viento y lo sentían en sus pieles y decían: «Viene la lluvia. Se acerca una tormenta». La madre naturaleza era compañera de viaje del ser humano. De ella obtenían el alimento para sus hijos: si tenían hambre, acudían a los árboles del bosque; si tenían sed, a los arroyos y fuentes de aguas cristalinas. Además, cuando se despedían de este mundo, la madre tierra los acogía de vuelta en su seno, porque los enterraban en ella.

Del libro Dios y la Belleza, de Gumersindo Meiriño, De Oriente a Occidente, 2011, 2ed., pp. 39-41
www.editorialdeorienteaoccidente.com

 

Acerca de gumersindomeirino

Dr. en teología. Disertante. Escritor.
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