Salmo 89, 11-17. La sabiduría del corazón. Un corazón sensato

Salmo 89, 11-17. La sabiduría del corazón. Un corazón sensato

¡Cómo te ha ido esta semana!

¿Por qué te levantas cada mañana? ¿Qué llena tu corazón de alegría? ¿Por qué suspiras? ¿Con qué sueñas?

Algunos sueñan con riquezas.

Otros con poder.

Otros con placer.

Si tuvieras todo el oro del mundo, ¿qué comprarías?, ¿en qué lo invertirías?

Esta semana di con toda tu alma, cada día, este salmo que es un canto a una riqueza a la que el ser humano aspira profundamente, aún sin saberlo, la sabiduría.

El salmo habla de adquirir “un corazón sensato”, otras traducciones dicen adquirir “la sabiduría del corazón”.

Uno de los peores males del mundo es la ignorancia. No me refiero a la ignorancia de letras o conocimientos intelectuales, que tienen su importancia, si no la de aquel ser humano que no sabe (por eso es ignorante) vivir, disfrutar de las riquezas de la vida, de la compañía de los hermanos, del contacto con la naturaleza…

¿Cuánto estarías dispuesto a pagar para adquirir “la sabiduría del corazón”?

Que Dios te dé, me dé, “un corazón sensato”, “la sabiduría del corazón”.

Para que sean “prósperas las obras de nuestras manos”.

NB. Después del Salmo, te adjunto una lectura del libro de la Sabiduría que puede ayudarte a reflexionar estos días

Hasta la semana que viene, la bendición de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Amén

Gumersindo Meiriño

SALMO 89, 11-17

Enséñanos a calcular nuestros años,

para que adquiramos un corazón sensato.

Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?

Ten compasión de tus siervos.

 

Por la mañana sácianos de tu misericordia,

y toda nuestra vida será alegría y júbilo;

danos alegría por los días en que nos afligiste,

por los años que sufrimos desdichas.

 

Que tus siervos vean tu acción

y sus hijos tu gloria.

Baje a nosotros la bondad del Señor

y haga prósperas las obras de nuestras manos.

DEL LIBRO DE LA SABIDURÍA 7, 7-11

Supliqué y se me concedió la prudencia, invoqué y vino a mí el espíritu de la sabiduría.

La preferí a cetros y a tronos, y en su comparación tuve en nada la riqueza. No le equiparé la piedra más preciosa, porque todo el oro a su lado es un poco de arena y junto a ella la plata vale lo que el barro. La preferí a la salud y a la belleza, y me propuse tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso.

Con ella, me vinieron todos los bienes juntos, en sus manos había riquezas incontables.

***

Gracias por su visita

Acerca de gumersindomeirino

Dr. en teología. Disertante. Escritor.
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